Conversar para construir el país que merecemos por Joaquín Losada presidente de Fanalca
El Futuro de Colombia 2030
JOAQUÍN LOSADA
Presidente de Fanalca
Por naturaleza soy optimista. Siempre lo he sido.
Y lo sigo siendo incluso en los momentos más difíciles, cuando el ruido de la incertidumbre parece más fuerte que las voces de la esperanza. Me niego a creer que este país está condenado a repetirse, porque he visto —en carne propia— que cuando nos atrevemos a escucharnos, a reconocernos y a actuar juntos, las cosas cambian.
Viví de cerca el paro nacional de 2021. Fueron semanas intensas, duras, emocionalmente agotadoras. Como empresario, fue inevitable sentir frustración: bloqueos, pérdidas, tensión. Pero, al mismo tiempo, había algo más profundo sucediendo. Detrás de las piedras y los grafitis, había un grito legítimo: el de una generación que se sentía invisible, que no encontraba oportunidades, que ya no confiaba en las instituciones. Fue incómodo reconocerlo, pero necesario. Ese momento fue una llamada de atención. Nos mostró que Colombia necesitaba una nueva conversación. Una conversación honesta, sin miedos, sin etiquetas. De ahí nació Compromiso Valle, una iniciativa que me ha cambiado la manera de ver el país. Al principio fue un experimento: empresarios, universidades, organizaciones sociales y comunidades sentándonos en la misma mesa, con todas las diferencias. No sabíamos si iba a funcionar. Hoy, cinco años después, puedo decir que transformó realidades.
He visto jóvenes que antes participaban en protestas violentas convertirse en líderes comunitarios, emprendedores o técnicos calificados. He visto empresas abrir sus puertas a quienes antes no tenían ninguna posibilidad de empleo. Y lo más valioso: he visto a gente que no se conocía aprender a confiar.
A veces me preguntan por qué me involucro en esos temas si mi trabajo está en la industria. Y la respuesta es sencilla: porque no se puede hacer empresa en un país fragmentado. La sostenibilidad no se trata solo de reducir emisiones o cuidar el agua; también implica construir cohesión social. Si la gente no siente esperanza, si no hay confianza, si no hay movilidad social, no hay entorno empresarial que aguante.
Cuando pienso en Colombia al 2030, imagino un país que decidió creer en sí mismo. Un país más justo, más equilibrado, más competitivo, donde la educación y el trabajo formal sean los verdaderos motores de cambio. Tenemos todo para lograrlo. Somos un país con talento, biodiversidad, ubicación estratégica y creatividad infinita. Pero
nos falta algo fundamental: coordinación. A veces siento que cada uno rema hacia donde puede, sin una visión común. El Estado intenta avanzar, las empresas empujan, la academia investiga, los jóvenes proponen… pero nos falta remar al mismo ritmo. En Fanalca lo vivimos a diario. Tenemos operaciones en distintos países de América Latina, y puedo afirmar sin dudar que el trabajador colombiano es uno de los más comprometidos, recursivos y leales. Sin embargo, seguimos viendo brechas enormes entre el potencial y la realidad. Formamos profesionales con títulos, pero sin herramientas prácticas. Y, al mismo tiempo, tenemos industrias —como la metalmecánica, la automotriz, la de servicios o la de transporte— con déficit de técnicos calificados. También debemos revisar la relación entre el sector privado y el Estado. Hay una desconfianza mutua que nos frena. Entiendo las críticas, muchas veces merecidas, hacia los empresarios. Pero también hay una narrativa peligrosa que presenta a la empresa privada como un enemigo. Y eso no tiene sentido: la empresa es fuente de empleo, de innovación, de impuestos, de bienestar.
En Fanalca tomamos una decisión simbólica, pero poderosa: eliminar el pesimismo de nuestras reuniones. Antes, al iniciar una junta directiva, hablábamos de la inflación, del dólar, de la política, de la inseguridad. Siempre empezábamos con un tono negativo. Un día dije basta. Decidimos comenzar hablando de lo que sí podemos controlar: resultados, proyectos, innovación, personas. El cambio fue enorme. Cuando uno cambia la energía con la que aborda los problemas, cambia también la manera en que los enfrenta. Y creo que eso aplica para todo el país.
He visto a gente
que no se conocía
aprender a confiar
Colombia necesita dejar de verse desde la carencia y empezar a verse desde el potencial. Si seguimos centrados en la queja, en la polarización, en el miedo, terminaremos paralizados. Pero si reconocemos nuestras capacidades, si nos enfocamos en la educación, la productividad y la confianza, podemos crecer al 5 o 6% anual, atraer inversión y mejorar la calidad de vida de millones de personas.
El mundo está moviéndose hacia nuevas tendencias, y nosotros no podemos quedarnos atrás. El nearshoring —esa relocalización de industrias para producir más cerca de los mercados— representa una oportunidad histórica. Países como México, Costa Rica o República Dominicana ya están captando inversiones que podrían llegar a Colombia. Pero, para eso, se necesita estabilidad, infraestructura y seguridad jurídica. También tenemos un potencial enorme en energías limpias, en economía circular, en movilidad sostenible. En Fanalca, por ejemplo, venimos apostando hace años por el transporte masivo limpio, por la fabricación de bicicletas, por soluciones que reduzcan la huella ambiental. No es solo una decisión empresarial: es un
compromiso con el futuro. A veces me preguntan si creo que Colombia puede convertirse en un país desarrollado. Mi respuesta es sí, pero no será automático. No hay atajos. Lo lograremos si invertimos en educación, fortalecemos las instituciones y promovemos una cultura de trabajo ético, exigente y solidario.
No es solo una
decisión empresarial:
es un compromiso
con el futuro.
Recuerdo algo que aprendí en mis primeros años de carrera: las empresas se construyen con números, pero se sostienen con valores. Y lo mismo pasa con los países. Podemos crecer, exportar más, mejorar indicadores, pero si no cultivamos empatía, respeto, sentido de comunidad, todo eso se vuelve frágil. Por eso insisto tanto en conversar. En Compromiso Valle hemos tenido reuniones en las que nadie piensa igual, pero todos terminamos reconociendo algo en el otro. Y eso cambia las cosas. Un joven que siente que alguien lo escucha, que su opinión importa, se comporta distinto. Un empresario que se toma el tiempo de entender el contexto social de una comunidad, también transforma su manera de actuar. Conversar no significa estar de acuerdo, significa construir. Significa reconocer que el otro también tiene una verdad, aunque no sea la nuestra. Si logramos llevar esa práctica al nivel nacional —si empezamos a dialogar sin insultarnos, sin cancelarnos, sin dividirnos por ideología—, podríamos cambiar la historia de Colombia.
No soy ingenuo. Sé que hay desafíos enormes: la inseguridad, la informalidad, la desconfianza en las instituciones, la pobreza. Pero también sé que este país tiene algo que no se compra: una capacidad infinita de volver a empezar. Lo hemos hecho una y otra vez. Cada crisis nos ha golpeado, pero también nos ha hecho más creativos, más resistentes.
Por eso me niego a dejarme llevar por el discurso del “no se puede”. Se puede, si dejamos de esperar que todo lo resuelva el gobierno. Se puede, si las empresas asumen un rol más activo en la formación de talento y en la inclusión. Se puede,
si los ciudadanos decidimos no rendirnos. Colombia tiene más futuro que pasado, pero para alcanzarlo debemos reconciliarnos con nosotros mismos. Y eso empieza por escucharnos. Por entender que ningún país sale adelante dividido entre “buenos” y “malos”. Por aceptar que los cambios verdaderos no nacen del ruido, sino de la conversación. He visto cómo una charla honesta cambia destinos. Jóvenes que antes no creían en nada hoy trabajan en nuestras plantas o en otras empresas de la región. Personas que nunca habían tenido una oportunidad formal hoy lideran equipos.
Comunidades que se sentían abandonadas hoy se reconocen como parte del tejido productivo. Eso me reafirma algo: los países se transforman cuando las
personas se atreven a creer de nuevo. Por eso sigo apostándole a la conversación, al trabajo conjunto, al respeto. Porque construir el país que merecemos no es tarea de un gobierno ni de una empresa: es tarea de todos. Y aunque muchos digan que es ingenuo pensar así, prefiero seguir siendo optimista. Porque el día en que dejemos de
creer, de hablar y de intentarlo, ese día sí habremos perdido. Mientras tanto, aquí estamos, conversando y construyendo, paso a paso, el país posible.